lunes, 29 de septiembre de 2008

Comunicación para el cambio social

BARRANQUERO, Alejandro (2007): En R. Reyes (Dir.): Diccionario crítico de ciencias sociales. Madrid y México: Plaza y Valdés.

Comunicación y desarrollo son dos esferas de la actividad humana que en la práctica diaria establecen múltiples conexiones. Cualquier programa de desarrollo conlleva una forma u otra de entender la comunicación; y, a su vez, cada vez que comunicamos introducimos cambios en el entramado social. La comunicación para el cambio social es la disciplina encargada del estudio de esta interrelación, y de todas aquellas estrategias comunicativas orientadas a introducir transformaciones sociales (democratización, justicia, conocimiento, aumento de la calidad de vida, eliminación de desigualdades, etc.)...

La comunicación para el desarrollo nació en EE.UU., a principios de la década de los cincuenta, con la promoción, en el contexto de la postguerra mundial, de los primeros programas de asistencia técnica y financiera para los países en vías de desarrollo. Con el objeto de reactivar sus economías, organizaciones públicas y privadas como USAID, PNUD, FAO, UNESCO, la OEA o la Fundación Rockefeller pusieron en marcha, principalmente en Latinoamérica, multitud de programas de transferencia de tecnología rural, promoción de la salud y educación formal e informal.

La práctica de la comunicación para el desarrollo antecedió en una década a la teoría, implementada a partir de finales de los cincuenta por los norteamericanos Everett Rogers, Daniel Lerner o Wilbur Schramm, principales valedores del denominado paradigma dominante, modernizador o difusionista del cambio social. Vinculados en su mayoría al Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), los autores señalaban que las tradiciones y culturas locales del Tercer Mundo habían impuesto hasta el momento barreras a la introducción de innovaciones económicas y tecnológicas favorables para su tránsito a la “modernidad”. Para paliar esta situación, proponían estimular el cambio de actitudes individuales a favor del progreso, mediante modernas técnicas de persuasión, en base a la transferencia de conocimiento y tecnologías desde los países más “desarrollados” a los menos pudientes.

Pocos años después de su puesta en marcha, los primeros proyectos desvelaron su difuncionalidad social y su carácter limitado, etnocéntrico y utilitario. Las primeras críticas surgieron en América Latina, en un contexto histórico muy fértil para las ideas de dependencia y liberación (revoluciones populares socialistas -Chile, Cuba, etc.-, protestas anti-dictatoriales, movimientos ciudadanos –indigenismo, feminismo, teología de la liberación-, etc.). A raíz de la revisión efectuada por las teorías de la dependencia -Raúl Prebisch, Fernando H. Cardoso, Enzo Faletto, etc.-, que situaban el origen del subdesarrollo en una relación económica desigual entre países más y menos poderosos, la idea evolucionó poco a poco desde su perspectiva “economicista” inicial hacia una concepción más integral y humanista.

Pero durante los años 50, un fenómeno espontáneo y original estaría llamado a transformar de forma radical el modo de entender la comunicación y el desarrollo. En diversos puntos de la geografía latinoamericana se pusieron en marcha, de forma bastante espontánea y desorganizada, un sinfín de experiencias de educación y comunicación alternativa y popular –radios mineras en Bolivia, radio Sutatenza en Colombia, etc.-, en un intento de dar voz y empoderar a ciertos grupos en situación de dependencia económica, política y cultural (indígenas, mujeres, campesinos, etc.). De forma autodidacta, con gran creatividad y con más o menos éxito, colectivos de diversa índole aprovecharon el potencial emancipador de los medios y sus saberes ancestrales para construir discursos propios, con frecuencia contrarios a la cultura dominante de las elites en el poder.

En el campo teórico, autores como Paulo Freire, Luis Ramiro Beltrán, Orlando Fals Borda o Juan Díaz Bordenave contribuyeron a sistematizar estas experiencias, reconduciendo la perspectiva modernizadora inicial, hacia presupuestos más complejos y participativos, privilegiando lo dialógico, el carácter endógeno del cambio social o la función democratizadora de la comunicación.

A partir del revisionismo latinoamericano, el ámbito de la comunicación para el desarrollo distingue de modo preciso entre información y comunicación. La información es un acto unidireccional y persuasivo, orientado a la transmisión de datos e ideas, que constituye un paso previo a la comunicación, sin identificarse con ella. La comunicación, en cambio, es un proceso de relación entre dos o más sujetos, en el que, por medio de la participación equilibrada de todos los actores, se construye, a largo plazo, conocimiento, cultura y sociedad.

La comunicación, según Paulo Freire, vendría a ser sinónimo de diálogo -compartir, de poner en común con otro-, proceso en el que se resuelven las contradicciones dialécticas entre teoría y praxis, principales agentes del cambio social. El diálogo genera, según el brasileño, concientización, en un doble sentido pedagógico y político, como conocimiento -o descubrimiento de la razón de las cosas- y como conciencia -de sí, del otro, de la realidad, siempre acompañada de acción política y transformadora-. La comunicación es por tanto un proceso privilegiado para promover la capacidad crítica y el progreso del individuo hacia una existencia más digna y humana.
No obstante, el cambio social positivo no aparece de forma causal o inmediata. Para promover una auténtica comunicación transformadora las acciones tienen que estar intencionalmente dirigidas y sistemáticamente planificadas; es decir, han de responder a unas estrategias y a unos objetivos previos.
Los modos de proceder son múltiples, pero es condición indispensable atender a una serie de premisas de partida. En comunicación para el cambio social interesa más el proceso que los propios productos (un programa de radio, un spot, un video, una campaña, etc.) y este proceso de transformación colectiva se basa en tres conceptos “progresivos”, lo que significa que, sin conseguir el primero de ellos, no se pueden obtener los otros dos: acceso, participación y apropiación.

Acceso significa que el ciudadano disponga de soportes comunicativos suficientes para elegir y recibir la mayor cantidad posible de información, así como cierta capacidad de retroalimentación –intervención directa en los programas, derecho a formular comentarios y críticas, interacción directa con los productores de la información, etc.-. La participación es, por su parte, el “involucramiento” activo de la población en la producción de mensajes, en la toma de decisiones de un proyecto o en la formulación de planes o políticas de comunicación. Por último, la apropiación, el paso final, es la autogestión o asunción íntegra de un instrumento de comunicación (una radio, un periódico, Internet, etc.), por parte de los ciudadanos, con el objeto de garantizar de forma comunitaria su expresión y desarrollo.

En comunicación para el desarrollo hay que procurar, por otro lado, que las acciones que se planteen tengan pertinencia cultural y tecnológica; es decir, que se atengan a las particularidades de cada cultura y cada lengua y de ninguna forma impongan modelos universalistas desde fuera. Interesa por ello emplear un marco de actuación local, basado en el saber comunitario y la representatividad de todos los miembros del grupo en la toma de decisiones, evitando que el poder sea monopolizado por unos pocos. Para evitar el excesivo localismo y avanzar en el alcance de estas acciones, en la actualidad se privilegia la organización en red y la vinculación de cada proyecto con otras experiencias similares a nivel local, regional o global. Asimismo, es necesario utilizar únicamente la tecnología o el medio apropiados a cada contexto, entendiéndolos únicamente como instrumentos y nunca como fines en sí mismos.

Por último, conviene trabajar con objetivos a medio y largo plazo, la única forma de conseguir una apropiación de los procesos por parte de la comunidad y un cambio prolongado y sostenible, así como utilizar.

El campo de la comunicación para el desarrollo requiere también cierta flexibilidad metodológica. El método se construye en comunidad y se modifica en función de los problemas concretos que se vayan originando durante el proceso. Por eso mismo existen numerosas técnicas, desde las estrictamente participativas -investigación-acción participativa, periodismo cívico, etc.-, a aquellas de corte más persuasivo o modernizador -mercadeo social ó marketing con causa; promoción de la salud; edu-tainment, o educación con entretenimiento; difusión de innovaciones; media advocacy; movilización social, etc.-.

La comunicación para el desarrollo ha demostrado gran eficacia en los ámbitos más diversos (desarrollo rural y agrícola, salud y nutrición, derechos civiles y culturales, educación, medioambiente, población, género, paz, infancia, catástrofes, etc.). Los medios empleados han sido también variados, desde soportes de comunicación tradicionales -radio comunitaria, televisión, prensa, cine, video, teatro, folletos, etc.- hasta fórmulas innovadoras de comunicación masiva o grupal -Internet, media-centros, radio-forum, cassete-forum, etc.-.

Entre los promotores más habituales de procesos de comunicación para el desarrollo destacan actualmente las agencias internacionales de desarrollo –FAO, UNICEF, USAID, etc.-; agencias nacionales, regionales, locales; organismos públicos e instituciones privadas; y sobre todo las organizaciones civiles, muy activas en la promoción del cambio social –ONGs y ONGDs, sindicatos, organizaciones vecinales y movimientos sociales, etc.-. En la actualidad, cabe destacar la intensa labor de sistematización y apoyo a experiencias comunitarias del Consorcio de la Comunicación para el Cambio Social (CFSC) o redes como la Iniciativa de la Comunicación, la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana (WACC) o NUESTROSMedios.



BIBLIOGRAFIA

ALFARO, Rosa Mª (1993): Una comunicación para otro desarrollo. Lima: Calandria.
BELTRÁN, Luis Ramiro (2005): “Comunicación para el desarrollo en Latinoamérica: Un recuento de medio siglo”. En III Congreso Panamericano de la Comunicación. Buenos Aires.
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GUMUCIO-DAGRON, Alfonso (2001): Haciendo olas: historias de comunicación participativa para el cambio social. New York: The Rockefeller Foundation.
KAPLÚN, Mario (1987): El comunicador popular. Buenos Aires: Humanitas.
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