Alejandro Barranquero
(Universidad de Málaga)
Del latín dialŏgus y del griego διάλογος, la etimología de la palabra (διά –a través- y λογος –razón y palabra-) indica que dialogar es un intercambio verbal y razonado entre dos o más personas. Sin embargo, el concepto no ha sido siempre formulado con precisión en el seno de la comunidad científica, pese a su carácter central para las diversas disciplinas sociales...
El diálogo es un principio de principios, metáfora de metáforas, motor de construcción de lo social y vínculo entre la unidad y lo diverso. Es por ello que la preocupación dialógica es tan antigua como la misma historia de la filosofía.
La mayéutica de Sócrates consistía básicamente en emplear el diálogo para llegar al conocimiento. El maestro, según este método, no debía infundir sus enseñanzas directamente al alumno, como si fuese un receptáculo vacío en el que inocular sus propias verdades; sino que era el propio discípulo, mediante la discusión dialéctica, quien iba adquiriendo conocimientos más precisos y universales. El diálogo fue también un aspecto central en la polis griega, sobre todo en el ágora, espacio de discusión sobre los asuntos públicos de la ciudad. La noción tiene una presencia significativa en la tradición cristiana (Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, etc.), en la que el encuentro con Dios, con la Verdad, se hace posible con el concurso de la comunidad y el reconocimiento del prójimo.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, los pragmatistas Charles S. Peirce y Josiah Royce, entre otros, retoman esa tradición para insistir en que la única condición de posibilidad de la ciencia es el diálogo en el seno una comunidad de interpretación. El conocimiento requiere discusión e intercambio; el diálogo, claridad; y la claridad, según Peirce, exactitud en el uso de las palabras; es decir, que una misma comunidad de hablantes otorgue valor nominal a las ideas para que estas obtengan un uso efectivo.
Ya a principios de siglo XX, la fenomenología de Edmund Husserl anticipa en el mundo de la ciencia el debate sobre lo intersubjetivo y su carácter central para la construcción del saber, cuestión planteada con anterioridad por Hegel, Feuerbach o Fichte e íntimamente vinculada a lo dialógico.
La fenomenología husserliana seguía situando en la conciencia individual el punto de partida de la filosofía. Sin embargo, el alemán preconiza en algunos textos la ruptura con el subjetivismo de la tradición cartesiana. Para Husserl, el yo precede, en el orden del conocimiento, a todo mundo objetivo. Pero es solo con ayuda de las demás conciencias y de sus experiencias concordantes y comunicables sobre el mundo (intersubjetividad trascendental), como este goza de realidad efectiva. Así, mediante la empatía, la conciencia se encuentra con las otras conciencias, que aparecen, no ya como entes aislados, sino como una comunidad de seres que coexisten, que incluyen al yo, y que posibilitan, mediante una relación de intercambio, la objetividad.
La herencia fenomenológica y las profundas conmociones de la Primera y Segunda Guerra Mundial, darán lugar en las primeras décadas del siglo XX a una extensa corriente de pensadores preocupados por estas cuestiones, buena parte de ellos con una fuerte impronta teológica.
El estudio de las fuentes judías y de los textos de Herman Cohen, otro precedente de la filosofía del diálogo, están en el origen de una de las obras pioneras del pensamiento dialógico, La Estrella de la Redención (1921) , de Franz Rosenzweig. En este texto, el filósofo alemán argumenta que la filosofía, hasta Hegel, había intentado explicar a Dios, al mundo y al hombre como una sola esencia; sin comprender que, en realidad, están ligados, a través del diálogo entre el tú y el yo, por el amor al prójimo. Rosenzweig pone entonces el acento en lo que él denomina tempranamente pensamiento gramatical (anticipándose, desde otros presupuestos, a la gramática filosófica o los juegos del lenguaje de Wittgenstein), para criticar los esencialismos de la tradición metafísica occidental, desde su punto de vista, intemporal y tautológica, frente al diálogo, que capta la esencia del cambio temporal e informa.
Dos años después, en 1923, se edita el relevante Yo y Tú del pensador judío Martin Buber, que constituye en sí una teoría general del diálogo. Partiendo también del estudio de la tradición mística y judía, el pensador austriaco afirma que el hombre, para devenir un ser social, debe crecer y afirmarse en una triple relación: con los demás hombres (Yo-Tú) con el mundo (Yo-Ello) y con Dios (Yo-Tú). Pero dentro de este intercambio, Buber distinguió entre relaciones directas o mutuas -la relación Yo-Tú o diálogo-, en las que cada persona confirma a la otra como valor único; y las relaciones indirectas o utilitarias –Yo-Ello o monólogo-, en las que el individuo no reconoce a los demás, sino que los cosifica para adecuarlos a sus intereses. A decir del filósofo, la relación entre las personas debe situarse por tanto, no en el interior de los individuos o en un mundo que los abarque y determine, sino más bien en el Entre, una situación de encuentro y entendimiento entre seres humanos, que abarque a todos y cada uno de ellos. Es en el Entre donde se formula la más inmediata forma de comunicación, el lenguaje, con el que se transmite y entrega al otro lo más profundo del ser (ideas, valores, sentimientos, etc.). Por ello, el diálogo auténtico personifica y se convierte en la principal forma de enriquecimiento y crecimiento individual.
En la misma época, influido, entre otros, por Franz Rosenzweig o el existencialista Gabriel Marcé, otro pionero del pensamiento dialógico, el también judío Emmanuel Lévinas publicará algunas de las piedras angulares de esta tradición, como el célebre Totalidad e Infinito (1961). Para el pensador, la filosofía primera es en sí una ética, ya que no existe otra forma de alcanzar el saber que a partir del reconocimiento de la excepcionalidad (que no la diferencia) del Otro, a través del diálogo sincero y desprendido. Lo humano del hombre no consiste en su pertenencia a un mundo, sino en estar perennemente abocado al afuera, al otro hombre. Y la primera orden que prescribe el rostro del Otro es precisamente la renuncia a uno mismo y a nuestra tendencia natural a la apropiación. Por tanto, este maridaje se convierte en un vínculo ético que antecede a cualquier propuesta filosófica: el respeto a la integridad del otro es anterior a todo discurso o a toda búsqueda de la verdad. Igual que para Buber el Yo se dice siempre al lado de las palabras primordiales Yo-Tú, para Lévinas, la subjetividad es ante todo responsabilidad, vulnerabilidad y sustitución frente a la Otredad. Y es a partir de este diálogo sobre premisas, muchas veces opuestas, como se concilian intereses y se construye aprendizaje y convivencia.
Durante la segunda mitad del siglo XX, la filosofía occidental experimenta uno de los hechos más definitorios de su devenir histórico contemporáneo, el giro lingüístico (Wittgenstein), consecuencia del agotamiento del modelo psicológico de la conciencia y de sus modos de representación. El medio de expresión se convierte entonces en objeto de estudio principal de la filosofía y frente al primado del sujeto autoconciente, el pensamiento que emerge del giro afirma la imposibilidad de pensar más allá de los límites de la palabra y del acuerdo intersubjetivo sobre la validez de los signos.
Uno de los principales representantes de esta revolución es Jürgen Habermas, quien toma el relevo de los filósofos de Frankfurt para reformular el concepto de razón que había guiado el proyecto de la Ilustración y la Modernidad en aras del progreso humano. Frente a la propuesta frankfurtiana de Horkheimer o Adorno (aún en el campo de la conciencia), el alemán considera que la Modernidad es un proceso inconcluso y que el ideal de razón no debe ser depuesto sino readaptado. Para escapar del dilema de la razón instrumental ilustrada (con arreglo a fines), y su terrible carga de irracionalidad, Habermas señala que la razón no tiene tanto que ver con el conocimiento, su adquisición o instrumentalizad, como con el uso que hacen de ella los sujetos capaces de lenguaje y acción (Teoría de la Acción Comunicativa, 1976).
A fin de construir conocimiento y cambio social, la razón comunicativa insiste en que los actores deben de entenderse desde lo común de sus posiciones, a fin de llegar a acuerdos dialógicos. Las disputas de intereses serán resueltas con la búsqueda del consenso o por medio del mejor argumento, y la razón de la ciencia objetiva pasa entonces a los propios agentes, conscientes de la importancia de coordinar sus acciones para la transformación social. En el modelo de acción social de Habermas, no caben los fines egoístas de los sujetos individuales, sino sólo los planes de acción sobre acuerdos motivados racionalmente, a partir de la aceptación de sus pretensiones de validez. De ahí que el alemán busque establecer una pragmática universal que identifique y reconstruya las condiciones universales de todo entendimiento posible a partir de las estructuras lingüísticas de la comunicación humana.
Por el mismo tiempo, en textos como La transformación de la filosofía (1973), Karl-Otto Apel emprendería un camino semejante, intentando elaborar una pragmática trascendental, que ayudase a obtener elementos a priori para la crítica. Su acción comunicativa, como en Habermas, está basada en la necesidad apriorística del ser humano de interpretar la realidad a través del diálogo consigo mismo y con los demás. De este modo, Appel indaga también en las condiciones de posibilidad de toda argumentación, condiciones que solo podrán ser reconocidas en el seno de una comunidad ideal de comunicación (similar a la situación ideal de habla de Habermas). Esta comunidad se extiende a todo interlocutor posible de modo que los científicos, en el caso de la verdad, y los afectados, en el caso de las normas, puedan decidir sobre sus intereses mediante el diálogo simétrico y la fuerza del mejor argumento.
Con Habermas y Apel surgirá también la denominada ética del discurso o discursiva, que intenta dar respuesta a una interrogante fundamental del pensamiento filosófico contemporáneo: ¿es posible fundamentar racionalmente una ética? Los autores proponen cimentar unos principios morales que garanticen la imparcialidad del juicio, evitando el escepticismo y relativismo éticos propios de corrientes como el post-modernismo. Pero esta fundamentación no estará basada en la propuesta de unos axiomas inmodificables, sino más bien en un procedimiento dialógico falible e intercambiable en el que sólo se aceptarán por justas las normas de acción que deriven de un acuerdo razonado de los afectados por esas normas; por lo que la conciencia moral se descubre entonces como esencialmente dialógica.
Muchos otros pensadores han seguido examinando durante el siglo XX el espectro dialógico, algunos de ellos con una fuerte adscripción teológica y no siempre en el seno de la filosofía occidental (Theodor Haecker, Ferdinand Ebner, Karl Jaspers, Erich Przywara, Jiddu Krishnamurti, Enrique Dussel, etc.).
Para el pedagogo Paulo Freire, la comunicación y la educación genuinas se dan únicamente en una relación horizontal entre las personas, cifrada en el diálogo libre y creativo, y no en una transmisión vertical y manipuladora de conocimientos de los poderosos a los que no tienen. A decir del brasileño, el diálogo es la posibilidad de pronunciar la propia palabra y es en la esencia de esta palabra donde se hallan dos capacidades intrínsecas del ser humano, acción y reflexión, solidarias, inquebrantables y principales agentes del cambio social. La consecuencia última del diálogo es la educación emancipatoria y la concientización, es decir, el desarrollo de la conciencia y la capacidad críticas del individuo en base al conocimiento de uno mismo, del otro y de la sociedad. Diálogo, para el brasileño, implica compartir de manera auténtica el poder, establecido por medio del aprendizaje conjunto y la disposición a resolver las contradicciones dialécticas en comunidad (La pedagogía del oprimido, 1970).
Junto con Freire, en su célebre texto Comunicación y cultura de masas (1963), el filósofo venezolano Antonio Pasquali ayuda, a establecer una distinción conceptual, muy típica en el ámbito latinoamericano, entre información -acto vertical, unidireccional y persuasivo orientado a la transmisión de datos, ideas, etc.– y la auténtica comunicación -proceso horizontal, bidireccional, “posible cuando entre los dos polos de la estructura relacional, rige una ley de bivalencia: todo transmisor puede ser receptor, todo receptor puede ser transmisor”-. Al desaparecer las tradicionales nociones de emisor y receptor, sustituidas en todo caso por la figura del interlocutor o el emi-receptor (Jean Cloutier), se recupera el sentido etimológico de la palabra comunicación (del latín communis): el proceso de compartir, de puesta en común con el otro, de evocación en común de significados.
La noción de diálogo se relaciona estrechamente con la de idea de logos (λογος), etimológicamente razón y palabra, dos acepciones complementarias, que tal vez nunca debieron de entenderse separadamente. La palabra sólo existe en el perpetuo devenir de una mente a otra y es también ese dinámico movimiento el que da sentido a la razón, que para devenir útil debe ser participada.
También, en el sentido más amplio del término, lo dialógico es sinónimo de dialéctica, etimológica y semánticamente. Desarrollada por Heráclito y rescatada por Hegel y Marx, la idea de dialéctica se constituye desde sus orígenes por inspiración dialógica: Es en el diálogo donde se designa y discurre el pensamiento y, donde en un momento posterior, se despliegan y concilian los contrarios. Pero, frente a Heráclito, que señalaba que la contradicción implica siempre beligerancia, la dialéctica del diálogo es la de la libertad y la creatividad del espíritu humano, útil para la construcción de lo social, la discusión de las normas o el progreso de la ciencia.
Por su carácter dialéctico, actualmente se habla de un nuevo paradigma, dialógico, en el marco de las ciencias sociales. Frente a la lógica formal aristotélica o neopositivista, la contradicción dialógica es un proceso en el cual los contrarios no se excluyen sino que se integran en un movimiento inacabado y perfectible de nuevas respuestas y estadios, que hacen progresar de manera ilimitada el conocimiento. Y es por esta capacidad preformativa y dinámica que el diálogo resulta fundamental para interpretar una sociedad progresivamente compleja, híbrida y cambiante.
La ciencia dialógica propone además un paradigma dualista e intersubjetivo –subjetivo/objetivo; hombre/indiduo; sociedad/estructura-, que rompe con la visión monocular tradicional de las ciencias sociales occidentales, sesgada, en numerosas ocasiones, en su comprensión del individuo y la sociedad. Así, por medio de la argumentación libre entre varias personas o colectivos, cuyos resultados se aceptan como válidos para las mismas, el conocimiento avanza desde lo micro y lo local hacia lo universal, lo intrincado y lo complejo. También por su carácter dialógico, la ciencia queda abierta a mecanismos de verificación y falsación, revisable según reglas no arbitrarias y perfectibles, culturalmente diversas, decididas o refutadas de modo equilibrado en el seno de la comunidad.
El diálogo también tiene una impronta ética y normativa. Las conexiones entre lo dialógico y la capacidad de discriminación moral están explícitamente probadas desde el momento en que la palabra, exclusiva del hombre, trasciende el mero nivel de comunicación de las puras necesidades naturales y alcanza su peculiaridad al posibilitar y nombrar las relaciones con los otros hombres y sus estimaciones éticas.
Dialógicos son el aprendizaje de la lengua y la cultura, la construcción de la conciencia individual, la socialización del hombre. También el poder, en la mejor de sus formas, deriva de la discusión democrática entre actores libres de la sociedad civil. El diálogo es la mayor herramienta puesta en manos del hombre para perpetuar la vida de grupos y organizaciones; establecer normas sociales, instituciones y gobiernos; resolver conflictos -familiares, de pareja, laborales, bélicos, etc.-; e incluso, en el mejor de los casos, prevenir o incluso curar enfermedades (el psicoanálisis y otras técnicas de intervención psicológica y psiquiátrica, basadas en la palabra).
BIBLIOGRAFIA
APEL, Karl-Otto (1985): La transformación de la filosofía. Vols. I-II. Madrid: Taurus.
BUBER, Martin (1993): Yo y Tú. Madrid: Caparrós.
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EBNER, Ferdinand (1995): La palabra y las realidades espirituales. Madrid: Caparrós.
FREIRE, Paulo (2002): Pedagogía del oprimido. Madrid: Siglo XXI Editores.
HABERMAS, Jürgen (1988): Teoría de la acción comunicativa. Vols. I-II. Madrid: Taurus.
HUSSERL, Edmund (1985): Meditaciones cartesianas. México: Fondo de Cultura Económica.
LÉVINAS, Emmanuel (1977): Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad. Salamanca: Sígueme.
MORENO, César (1989): La intención comunicativa. Ontología e intersubjetividad en la fenomenología de Husserl. Sevilla: Thémata.
PASQUALI, Antonio (1963): Comunicación y cultura de masas. Caracas: Universidad Central de Venezuela.
ROSENZWEIG, Franz (1997): La estrella de la redención. Salamanca: Sígueme.
lunes, 29 de septiembre de 2008
DIÁLOGO
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